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| El infiero según algun@s |
Por: Ana Rchy
“Te vas a ir al Infierno”, me ha dicho mi abuela en repetidas ocasiones. Ya antes me lo habían advertido mi mamá, varias de mis tías y hasta las monjas de la primaria en la que estudié. No sé porqué, pero lejos de asustarme, la idea me causaba un poco de emoción. “¿Al infierno, yo?”, me repetía por las noches antes de dormir. “No suena mal”.
Me iré al Infierno, según mis parientes, casi por todo lo que soy y hago. Radicaré en el averno por culpa de mis tatuajes, mis piercings, mis cabellos teñidos de colores, la música que escucho, los libros que leo, las películas que disfruto, los amigos con quienes me junto, las revistas en las que escribo (como Caco And Roll, ¡claro!) las cervezas que me bebo, los hombres que beso y las chicas con las que me acuesto y, si mis abuelas, tías y madre se hubieran enterado, hasta los churros que me fumo y que cosecho de mi propia macetita.
Todo aquello que hacía desde que ponía un pie fuera de la cama cuando era niña hasta el día de hoy, está encaminado a que mi alma arda por los siglos de los siglos en un caldero, alimentado de leña por un ejército de diablitos con cuernos y cola con final puntiagudo.
Entonces, dentro de mi lógica, eso no debe ser tan malo. Cuando uno camina irremediablemente hacia su destino las cosas salen bien.
Además, bajo esa misma óptica, en el Infierno debe haber todo aquello que me gusta a manos llenas: libros de Nietzche, películas de Lynch, discos de
Ezcorbuto, tintes vegetales, piercings y además, montones de mis amigos con quienes gozar de todo ello. Seguramente no nos faltarían sexo, drogas y rock and roll.